FEMINISTAS A FAVOR DE LA LAICIDAD/FEMINISTAK LAIKOTASUNAREN ALDE
Domingo , 10 de febrero
Todas las religiones, especialmente los monoteísmos y sus clérigos,
han mostrado siempre una irrefrenable obsesión por reglamentar lo
que las mujeres deben hacer y dejar de hacer. No es casualidad, por
tanto, que feminismo y laicismo vayan de la mano en la defensa los derechos humanos y la libertad de las mujeres.
El laicismo surge hace cuatro siglos en Europa como respuesta a las guerras de religión para proteger la libertad de conciencia y el
derecho a discrepar. Es una conquista histórica lograda contra las religiones que pretende separar la Iglesia del Estado, la religión de la
política. Las iglesias siempre han opuesto resistencia a la laicidad
que busca el respeto para quien no es creyente. En los últimos años se ha vuelto insufrible la interferencia de la jerarquía católica en los
asuntos públicos, especialmente en todo aquello que tiene que ver
con los derechos de las mujeres y la sexualidad. La Iglesia romana
es machaconamente beligerante pretendiendo imponer su particular punto de vista a toda la ciudadanía, olvidando interesadamente que
muchas personas no somos creyentes y quedamos por tanto fuera de su magisterio. Los y las creyentes siempre tendrán la posibilidad de
seguir las directrices de los prelados, nadie les va a impedir vivir conforme a sus propias convicciones, nadie les pide que aborten, que recurran a la eutanasia o que tengan relaciones homosexuales. Pero no
es aceptable que recriminen al resto no vivir según esas convicciones. Ni que exijan que las leyes que han de gobernarnos a todos y a todas
sean compatibles con su credo.
Últimamente, además, hemos asistido a una extensión de los derechos civiles a sectores de la población que habían estado excluidos
de ellos y también a un distanciamiento de gran parte de la ciudadanía de los postulados morales y religiosos defendidos por la jerarquía católica. La Iglesia no es capaz de aceptar ni lo uno ni lo otro. Resulta sarcástico que una institución que se ha caracterizado históricamente por su intolerancia, su intransigencia, la negación de los derechos humanos y un largo etcétera, reclame ahora para sí derechos que constantemente ha negado a quienes no comulgan con sus preceptos. No podemos olvidar las cantidades ingentes de dinero del erario público
que año tras año recibe la Iglesia Católica: lo que reciben directamente de los presupuestos generales del estado, la financiación
de la enseñanza privada católica, la financiación del profesorado de religión de la enseñanza pública, la financiación de los sueldos y seguridad social de los clérigos o las exenciones fiscales.
Que encima no podamos darnos de baja de semejante institución cuando queramos es el colmo de la indecencia: la Iglesia pone sistemáticamente enormes dificultades a quien decide apostatar, vulnerando así el derecho fundamental de las personas a no pertenecer a una institución a la que no desean pertenecer. El laicismo es el único marco capaz de garantizar la convivencia de personas que tienen ideas y creencias diferentes en una sociedad plural. Defiende que no se puede discriminar ni molestar a nadie por motivos religiosos, igual que exige la obediencia de toda la ciudadanía a unas mismas leyes.
Por todo ello es inaplazable que la Iglesia Católica (como las demás confesiones y asociaciones privadas) se autofinancie y se abstenga de inmiscuirse en la legítima elaboración democrática de las leyes que regulan la convivencia de toda la ciudadanía al margen de las creencias particulares de cada cual.
ASAMBLEA DE MUJERES DE BIZKAIA

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